martes, 1 de abril de 2008

¿Y todavia no entienden?



“¡Ojo con la levadura de los fariseos y la de Herodes!...
¿Y todavía no entienden?” Marcos 8:14-21



Introducción

Este pasaje nos habla que los discípulos se habían olvidado de llevar comida y solo tenían un pan en la barca. Estaban hablando de que no tenían pan. Aparentemente sus mentes estaban embotadas y no recuerdan cuando el Señor partió los cinco panes para alimentar a mas de cinco mil. Hubo 12 canastas que luego recogieron llenas de pedazos. Tampoco tienen presente los siete panes para la alimentación de los cuatro mil. Hubo 7 cestas que luego levantaron llenas de comida. Tienen ojos y oídos pero no ven y no oyen. Los recursos no son un problema y fueron suficientes. El Señor les advierte sobre la levadura de los fariseos y la de Herodes, los pone a prueba una vez más; pero ellos solo piensan en que no tienen pan. El Señor les recuerda los milagros de la alimentación de las multitudes para que logren entender. Su objetivo es proyectarlos hacia adelante teniendo como base un principio que no deben negociar: “Tengan cuidado; ¡ojo con la levadura de los fariseos y con la de Herodes!.

Desarrollo y conclusiones

La levadura es agente de fermentación, y en este pasaje agente de corrupción. Es mala influencia, elemento de corrupción que penetra en cualquier masa. Jesús es el pan pero los religiosos representan la levadura. Jesús es el pan como lo fue el mana que sustento al pueblo en el desierto, vida en plenitud. La levadura de los religiosos es la preocupación morbosa en mantener el control sobre la religiosidad del pueblo a través de la reglamentación.

Cuidado con la religión que no ve el fondo. Cuidado cuando estamos mas preocupados en ser dirigentes pero no en que la gente sea libre en Cristo. La levadura de los Fariseos representaba la hipocresía, la piedad mal entendida convertida en legalismo, la justicia sin la misericordia. Es alejarnos de la gracia, del amor, de la gratitud, del respeto al otro para caer en el abuso del poder. Óseas 6:6, Miqueas 6:8, Mateo 12:1-8, Mateo 9:12-13, 1 Samuel 15:22.

Debemos producir un equilibrio entre el “pueblo de la iglesia” (metidos en los programas internos) y la “iglesia del pueblo” (que vive los valores del Reino de Dios en medio del quehacer nacional y las naciones)
Estamos mas preocupados en que la gente este en los programas de la iglesia y no en que tenga un testimonio eficaz en su campo de labor diario. La Iglesia deberá afirmar que todo aspecto de la vida nacional es un campo de acción legitima para el servicio cristiano.

La levadura de Herodes representa una sociedad sin Dios, secular, sin necesidad de dependencia de Dios, resolviendo los problemas a su juicio y no consultando con Dios, se añade los valores del sistema vigente o mundanal, mentir, aceptar por bueno lo que es malo (inmoralidad sexual, poder, libertinaje, manipulación, resultados exitistas, sin Dios). Es decir el “mercado manda” y seguimos sus reglas postrándonos ante sus métodos. Cuidado con el poder del imperio. Cuidado con el sistema.

El mero crecimiento numérico se ha tornado un objetivo en si, y, para muchos, “el objetivo justifica los medios”. Cualquier método que favorezca el aumento de miembros en la iglesia es válido y la búsqueda por las estrategias que son más eficaces en este sentido, ha llevado a metodologías que reducen el evangelio y ponen en riesgo los principios bíblicos.

Las respuestas "hedonistas" no son "transformadoras" y la respuesta a la superficialidad es ejercer un discipulado obediente a Jesucristo. La gran multiplicación, números y porcentajes no son sinónimos de "transformación". No debemos sacrificar las demandas del evangelio en el altar de los números.

Somos llamados a formar “comunidades eclesiales” que reflejen el espíritu de reconciliación, amor y perdón. La iglesia local es llamada a formar una comunidad alternativa hasta lo último de la tierra. No somos llamados a formar esquemas empresariales basados en criterios de utilitarismo, mercantilismo y números.

Debemos encarnar el mensaje, la funcionalidad con principios bíblicos y enseñar el poder del amor y no el amor al poder. Las iglesias no deben vivir la lucha miserable por el poder. La realidad indica que las personas escuchan con sus ojos y piensan con sus sentimientos, por lo tanto la proclamación y la encarnación del mensaje deben ser inseparables. El ejercicio del liderazgo en la vida de las iglesias locales deberá estar marcado por el modelo del siervo sufriente y mostrar un contraste con el caudillismo y otras deformaciones causadas por el abuso del poder. Somos llamados a desarrollar el modelo del siervo según Filipenses 2. El Rey Jesucristo se ha encarnado y llama a su comunidad a hacer lo mismo en el mundo. Seguirle como sus discípulos significa asumir su vida y misión.

Preocupémonos de lo que es importante para Dios y Dios se preocupara de lo que es importante para nosotros. Tener una fe sencilla sin hipocresía. Ser lo que Dios quiere que sea, hacer lo que Dios quiere que haga e ir donde Dios quiere que vaya.

Llamemos a toda la iglesia a participar en la misión de Dios. Hay millones de personas que no han tenido el derecho humano de escuchar una presentación clara del evangelio. Toda la Iglesia es responsable de la evangelización de todos los pueblos, razas y lenguas. Una fe que se considera universal, pero que no es misionera, se transforma en retórica sin autoridad y se hace estéril. Este cumplimiento demanda el cruce de fronteras geográficas, culturales, sociales, lingüísticas y espirituales, con todas sus con­secuencias.

¿Y todavía no entienden?

Carlos Scott
Comibam Internacional

1 comentario:

Mision Global dijo...

¡Ellos también cuentan!
La tarea de formar a otros incluye a quienes lo han dejado todo por extender el
Reino en los lugares más remotos del planeta. Un diligente relevo realizado por
el equipo de COMIBAM revela la manera en que podemos servir a nuestros
misioneros.

Han transcurrido veinte años desde aquel histórico encuentro de latinos en la
ciudad de Sao Paulo, Brasil, la primera conferencia iberoamericana para las
misiones en nuestro continente. En estas dos décadas la Iglesia
Latinoamericana ha respondido al llamado de participar también activamente en
alcanzar a los que aún no han recibido el beneficio del evangelio de la gracia.
Más de 11.500 obreros están dedicados a plantar la bandera de Cristo en
muchos de los lugares donde aún no existe un testimonio firme de él. El aporte y
el testimonio de estos obreros nos ha enriquecido considerablemente.
El tiempo es propicio para hacer un alto en el camino y evaluar la marcha del
gran proyecto misionero latino.

Respondiendo a esta necesidad el equipo de
COMIBAM, que dirige las principales agencias y organizaciones misioneras en
América Latina, ha iniciado una minuciosa evaluación del estado actual de los
misioneros que sirven en diferentes partes del mundo. Los informes preliminares
de este excelente trabajo nos presentan un completo diagnóstico del esfuerzo
misionero iberoamericano.1 Recuerda, a quienes formamos parte de la Iglesia en
América Latina, que nuestro compromiso con los misioneros no debe menguar ni
por un instante.

Apuntes Pastorales se une a este compromiso dando a conocer algunas de las
formas en que la Iglesia puede continuar sirviendo a estos héroes y heroínas de
la fe.
Capacitación completa
El estudio realizado revela que existe desequilibrio en el proceso de
capacitación. Entre aquellos que fueron encuestados la gran mayoría de los
obreros han recibido hasta 70% más de capacitación bíblico-teológica que en
temas referidos a la misionología. Para personas que se proponen cruzar
fronteras, más o menos distantes culturalmente, la falta de herramientas a la
hora de aprender idiomas, entender nuevas culturas y tender puentes de
comunicación con la población de estas tierras ha afectado negativamente el
trabajo, retrasando el proceso de adaptación al campo.

Quienes están involucrados en la administración de las materias que se dictan
en los tradicionales centros de capacitación teológica deben esforzarse por
incorporar a su programa cursos que incluyan algunos de estos desafíos
transcullturales. Queda claro que aún son pocas las personas que están
capacitadas para enseñar sobre estos temas y no todos los centros podrán

1 Para aquellos interesados, el informe está disponible en www.comibam.org
fácilmente acceder a ellos. No obstante, el esfuerzo por parte de la comunidad
misionera de organizar seminarios, conferencias y cursos en diferentes partes
del continente muchas veces proveen a futuros misioneros estas oportunidades.
Quienes velan por la formación de los misioneros deben valorar estas
oportunidades y buscar la forma de proveer lo necesario para que lleguen a
participar de estos encuentros. El tiempo invertido en esto les dará valiosas
herramientas que serán indispensables a la hora de llegar al campo.
Mayor participación en el envío
El envío de un obrero, un matrimonio o una familia, en términos
neotestamentarios, es una de las responsabilidades de la iglesia local. El
Espíritu instruyó a la congregación de Antioquía que apartaran a Pablo y
Bernabé para la obra misionera (Hch 13). Del mismo modo una congregación
que está por enviar obreros al campo debe participar activamente en el envío de
ellos.

No obstante, muchos de los misioneros que sirven en el campo (según los
resultados de la encuesta) han llegado al campo «a pesar» de la indiferencia o
pasividad de sus propias congregaciones. En algunos casos el equipo ministerial
ha delegado completamente los detalles del envío a la agencia con la que irán.
En otros casos el proceso de dar a conocer el proyecto y el levantamiento de
fondos ha caído exclusivamente sobre los hombros de aquellos que van a salir
al campo.
La poca participación de la congregación local contribuye a que muchos
misioneros sientan que existe entre ellos y sus líderes una distancia
infranqueable. Cuando la congregación local adopta como suyo el proyecto,
porque entiende que misiones es responsabilidad de todo el cuerpo de Cristo,
los misioneros salen al campo sintiendo que son parte de algo más grande que
ellos mismos. A la vez, esto alivia el tedioso proceso de preparación para salir, el
cual muchas veces deposita al misionero en su destino con un profundo
cansancio que dificulta el inicio del proyecto.

Por otro lado, la congregación puede realizar un valioso aporte al proceso de
envío cuando ellos también asumen la responsabilidad de promocionar el
proyecto y buscar fondos para los misioneros. En general no optamos por esto
porque pensamos que los recursos dentro de la congregación local ya se
agotaron. Es posible que esto sea una realidad, pero no existe razón por la que
los misioneros deban ser los únicos en salir a visitar otras congregaciones y
cultivar contactos con otros pastores. También diferentes miembros de la
congregación local pueden acompañar en este proceso, aliviando de esta
manera el trabajo de sus misioneros.
Mayor compromiso económico
El espíritu de sacrificio con que muchos han salido al campo es realmente
inspirador. Entre los misioneros encuestados la mayoría no contaba con un plan
de salud o un plan de retiro adecuado. Ante una emergencia física, o una
enfermedad grave no están cubiertos con un seguro médico para acceder al tipo
de atención que gozarían si aún estuvieran en su país de origen. Del mismo
modo, muchos de ellos no contaban con un fondo de emergencias al cual echar
mano si se necesitara retornar repentinamente a casa, como ha ocurrido en
algunos casos por persecución, expulsión o golpes de estado en el campo
donde están sirviendo.
Es evidente que para una sola congregación afrontar la totalidad de estas
inversiones económicas es difícil.

No obstante, ha llegado la hora de la
cooperación entre congregaciones. Quizás una iglesia local no esté en contacto
con un misionero o no pueda enviar un obrero al campo. Sin embargo, puede
perfectamente comprometerse con cubrir la totalidad o una parte de la cuota de
un plan de salud, o un plan de retiro para los que sirven en el campo. Esto no
estirará al límite sus recursos pero será un aporte invaluable a aquellos que no
encuentran quiénes se ocupen de este aspecto de sus vidas.
Las agencias que están colaborando más estrechamente con el envío de los
misioneros también pueden ayudar a crear conciencia sobre esta necesidad o
incorporar estos elementos a los requisitos para poder salir al campo. Algunas
congregaciones no han provisto para este aspecto de la obra misionera
simplemente por no saber que sus obreros están sin cobertura en este sentido.
Mejor cobertura en el campo
Proveer cuidado pastoral y afectivo a los obreros que están en zonas remotas
siempre ha representado un particular desafío para las congregaciones locales.
Muchos de ellos están tan alejados que se torna difícil o prácticamente imposible
que personas que puedan proveerles de ánimo y cariño los visiten. Gracias a
Dios, sin embargo, la época en que los misioneros vivían un profundo
aislamiento ha terminado. Hoy los asombrosos avances en tecnología posibilitan
que se mantenga una comunicación fluida por medio de correos electrónicos,
llamadas telefónicas vía Internet y acceso a una diversidad de recursos
disponibles en diferentes sitios que solo requieren de una computadora y una
conexión telefónica.
Proveer de estos equipos a los que estarán en lugares muy remotos no es un
lujo, sino una necesidad. A la vez, las personas en la congregación local
necesitan ser animadas, en forma continua, a mantener el contacto con sus
misioneros por medio de diversos caminos. Es muy fácil que las personas de la
congregación no tomen la iniciativa de mantenerse comunicados con ellos
porque confían que alguna otra persona lo ya mantiene el contacto. El pastor,
los líderes misioneros y otras personas involucradas con los misioneros deben
recordar a la congregación que estas comunicaciones, que apenas requieren
una pequeña inversión de tiempo, pueden ser una forma eficaz de manifestar a
los misioneros que personas amorosas en su país de origen los recuerdan y
apoyan constantemente. También facilita que los misioneros mantengan a su
gente al tanto de los motivos puntuales de oración, los avances en la obra y las
necesidades específicas que surgen en determinado momento.
Muchos de los misioneros encuestados tampoco cuentan con un apoyo pastoral
específico o la visita de consejeros capacitados para ayudarlos a resolver
algunos de los problemas que enfrentan. La visita de otros misioneros veteranos
que han pasado por situaciones similares sería de mucha bendición para ellos,
pero los encuentros con esta clase de personas son escasos.
Por un lado, existe aún una notable falta de personas capacitadas para esta
labor. Los obreros que pueden prestar este servicio son pocos y las necesidades
son muy grandes. En este sentido la Iglesia también debe aprender el camino de
la cooperación.

Una o varias congregaciones pueden unificar esfuerzos y
proveer los recursos para que personas capacitadas lleguen al campo a asistir a
quienes lo requieran, o puedan prestar personas que posean experiencia en
esta área. Del mismo modo que ocasionalmente médicos, odontólogos y
asistentes sociales unifican sus esfuerzos para asistir a una zona necesitada,
también en esto se podrían explorar opciones para proveer apoyo emocional,
espiritual y anímico a una región.
Las agencias que ya cuentan con este tipo de personal también deberían
considerar la posibilidad de compartir recursos con aquellas organizaciones que
aún no gozan de ellos. El proceso para que cada grupo reúna todo los
elementos para realizar la obra es demasiado pesado y trabajoso como para
seguir insistiendo en esfuerzos individualizados.
Los obreros necesitan también, de tiempo en tiempo, ser sacados a un lugar
aparte para renovar sus fuerzas, recibir consejería, pasar por cursos que sean
relevantes para sus ministerios y reanudar sus relaciones con la familia de la fe
que ha reconocido su llamado y ha invertido en ellos. Debemos reconsiderar
nuestra manera de asistirlos en el campo, no para consentirlos sino para cuidar
el tesoro en vasos de barro que el Señor ha puesto en nuestras manos.
Seguimiento en el regreso
Muchos de los misioneros encuestados revelaron que en los regresos periódicos
a casa las oportunidades para renovarse en encuentros específicamente
orientados hacia ellos eran escasos. Algunos de ellos no podían participar de
estos encuentros por estar abocados a visitar congregaciones y presentar
informes sobre el trabajo realizado. Otros recibieron desaprobación por parte de
sus líderes por considerar que el obrero que ha regresado debe estar dispuesto
a retomar inmediatamente el servicio en su propia congregación local. Algunos
no pudieron asistir porque ni bien llegaron al país le disminuyeron o cortaron sus
recursos económicos, de manera que vieron obligados salir a buscar alternativas
de trabajo para sustentar las necesidades de sus familias.
El consenso de sabiduría de la experiencia misionera a lo largo de los últimos
cincuenta años revela que es fundamental para la salud de los obreros que se
efectúe un proceso de «reciclaje» cuando regresan del campo. Este proceso es
útil porque les ayuda a procesar las experiencias vividas durante los años de
servicio y, además, los orienta en cuanto a la forma de corregir errores
cometidos. A la vez, la posibilidad de estar en contacto con otros misioneros,
tomar cursos adicionales de capacitación y experimentar el cuidado amoroso por
parte de los que velan por su bienestar les permite recuperar fuerzas y vivir el
proceso de renovación que es indispensable para volver a la obra con el mismo
entusiasmo que al principio.
Las autoridades de las agencias o las congregaciones allegadas a estos
misioneros deben saber que estas inversiones son muy necesarias y oportunas.
Esto se aplica en especial a aquellos que durante mucho tiempo vivieron
prácticamente aislados de la vida normal de la Iglesia por encontrarse en
campos donde la presencia cristiana es inexistente. Muchos misioneros
regresan del campo con un estado de agotamiento que es preocupante y se les
deben brindar los mismos cuidados que se le ofrecería a cualquier persona que
está sufriendo una crisis de salud personal.

Conclusión
A pesar de que a la mayoría de las personas encuestadas les faltan los recursos
mínimos para desarrollar sus ministerios, ellas siguen firmes en sus puestos. Si
hay algo qué alabar en nuestros misioneros es su espíritu de sacrificio en pro de
la obra que el Señor ha confiado en sus manos. Mujeres y hombres asalariados
del mundo de los negocios ya habrían desistido de sus asignaciones y vuelto
atrás, pero no así nuestros obreros. La mano del Señor les empuja adelante y su
Espíritu los ha usado para cumplir con la tarea que les ha dado. Nuestros
misioneros son, y deben seguir siendo, motivo de profundo orgullo para cada
uno de nosotros.
Artículo adaptado por © Desarrollo Cristiano Internacional, 2007, del reporte Fortalezas
y debilidades en el trabajo del misionero Iberoamericano, producido por el equipo de
investigación de COMIBAM en agosto del 2006.