Conocer nuestra identidad basada en el poder del amor es el principio para un servicio sano.
Jesús está sentado a la mesa cuando propone cambiar la lista
de invitados.
En Lucas 14, acaba de cuestionar la búsqueda de los lugares
de honor. Luego se dirige al anfitrión y le pide que no organice su
hospitalidad pensando solamente en quienes pueden corresponderle. Pobres,
lisiados, cojos y ciegos —personas relegadas en aquella sociedad— también deben
ocupar un lugar en la mesa.
Jesús toca así una lógica que sigue presente: relacionarnos
con quienes pueden devolvernos el favor, abrirnos una puerta, aumentar nuestro
prestigio o invitarnos después. El Reino de Dios introduce otra manera de
compartir: dar sin convertir al otro en deudor.
La mesa cristiana adquiere entonces una dimensión social.
Importa quién puede sentarse, quién suele quedar fuera y si nuestra generosidad
depende de recibir algo a cambio.
«Más bien, cuando des un banquete, invita a los pobres, a
los lisiados, a los cojos y a los ciegos. Entonces serás dichoso pues, aunque
ellos no tienen con qué recompensarte, serás recompensado en la resurrección de
los justos.»

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