No tomar posición también tiene consecuencias. Cuando una fe evita nombrar la injusticia, el abuso o la desigualdad, no se mantiene al margen: deja intacto aquello que dice mirar con distancia.
Seguir a Jesús no consiste solo en tener convicciones correctas. También implica decidir desde dónde hablamos, qué defendemos, a quién escuchamos y qué estamos dispuestos a no normalizar. Porque el silencio sostenido frente a ciertos asuntos termina funcionando como respaldo.
La fe que no se posiciona termina legitimando lo que dice cuestionar.

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